Periodista
Aimée Cárcamo

Mi nombre: Aimée Cárcamo

Vivo en: Tegucigalpa, Honduras

Mi nacionalidad: Hondureña

Qué ofrezco: Artículos de opinión, reportajes, cuentos, entrevistas y coberturas noticiosas.

Algunos trabajos de mi archivo:

"Siempre que cierro los ojos miro ese infierno..."

Tegucigalpa. Un fuerte resplandor iluminó el río Guacerique, luego un temblor y la casa de Selvin Jonarit Pérez fue tragada por el precipicio. Con ella desaparecieron su
mujer y su hijita de tres años.

La tragedia ocurrió en la colonia Nueva Esperanza, nombre que parece
ironizar el dolor de este joven de 24 años, nacido en Nacaome, Valle, y cuyo
único anhelo ahora es encontrar los cuerpos de sus amadas María Teresa
Maradiaga, 25, y Kensi Alejandra Pérez, 3.

Abandonado por su padre, Selvin fue traído desde tierna edad a la capital por
sus abuelos, junto con su madre.

Desde los diez años su oficio era la mecánica; la pobreza le impidió ingresar al
colegio, pero tomó varios cursos de capacitación en el Instituto Hondureño de
Formación Profesional, Infop.

Tenía 17 años cuando conoció a María Teresa en una iglesia evangélica de la
colonia Nueva Esperanza. Pronto surgió el amor y decidieron unir sus vidas de
hecho, pero tuvieron que abandonar su iglesia "Dios de la Profecía" ante los
acerbos críticos por la falta de un contrato legal llamado matrimonio.

Viernes negro. Cuando el huracán Mitch azotó el país, Selvin creyó que no
corría peligro.

Precisamente ese oscuro viernes 30 de Septiembre los bomberos se habían
apersonado a su comunidad y le manifestaron que su casa no estaba en zona
de riesgo.

Su vivienda estaba separada del río por cuatro casas más. Abajo del terreno
plano había varios desniveles y en ellos estaban erigidas otras casas.

Selvin había dado acogida a tres personas que estaban refugiadas. En su casa
vivían también los papás de su mujer, un cuñado y su esposa, y un sobrino de
ella.

El recuerda que ese día de lluvia torrencial María Teresa llegó de la maquila en
que trabajaba a las cuatro de la tarde. Ella se acostó después de cenar, a eso
de las seis de la tarde, mientras Kensi jugaba en la cama.

Pero Selvin no podía dormir y junto a dos muchachos se quedó vigilando en
una parte lateral de su casa.

Momentos antes, al otro lado del río, una casa había caído por la tormenta y él
fue a decirle a su mujer que mejor se fueran a casa de su mamá. Ella le
respondió somnolienta que estaba cansada, quería seguir durmiendo y que
mejor evacuaran hasta el día siguiente.

­Selvin ayudame...! Cerca de las dos de la madrugada un fuerte resplandor
cubrió todo el río Guacerique, como si fuera el fash de una cámara gigante. Los
relojes se detuvieron tres segundos y un temblor estremeció a todos.

Selvin corrió hacia el interior de su hogar en el momento en que la tierra se
partía y tragaba las primeras viviendas.

Escuchó el grito desgarrador de María Teresa: "­Selvin ayudame, Selvin...!
pero la parte de atrás de su casa se aflojaba y el cuarto de su mujer se fue
distanciando. Logró agarrar a uno de los refugiados de la camisa y ponerlo a
salvo.

Cayó al abismo y milagrosamente las piedras que le caían no lo golpearon
directamente. Un joven con las piernas atrapadas por enormes rocas le imploró
auxilio pero nada pudo hacer.

Escuchó gritos por todos lados y no sabía a quién ayudar.

En la desesperación del momento tuvo fuerzas para sacar a un vecino inválido,
a la suegra, mamá e hijo. Pero su mujer y su hija quedaron sepultadas por las
rocas.

Ella esperaba un bebé. Selvin y María Teresa tenían planes de casarse y
reconciliarse con su iglesia. Ella esperaba un bebé. Cuenta que en esos días
pasaba por una buena racha económica y tenía planeado inscribir a su niña en
el kinder.

El recuerda la sonrisa de la pequeña y su dulce voz tarareando la canción de
"Mi pequeña traviesa". "No puedo dormir, siempre que cierro los ojos miro ese
infierno" dice.

Ahora Selvin no tiene planes. "No sé qué hacer con mi vida". Su único afán es
dar sepultura a su familia, quizá para enterrar con María Teresa y Fensi el dolor
hondo que se le quedó aprisionado en el pecho.

Cuevas de Talgua:

La civilización perdida

Talgua. Hace diez años, la curiosidad de Desiderio Reyes y José Yánez le dio una nueva perspectiva a la antropología americana con un hallazgo tan asombroso como macabro.

En el interior de las cuevas de Talgua, a 500 metros de recorrido y después de escalar una pared de diez metros de altura que conducía a un túnel con tres pasadizos, uno encima del otro, yacían unos cráneos y huesos humanos cuyo brillo resplandecía en la oscuridad.

Ubicadas en las faldas del Parque Nacional de Sierra de Agalta, en el departamento de Olancho, y bañadas por el río Talgua, las cuevas cobraron fama mundial.

Tras ser avisados del hallazgo, personal de la Fiscalía de Etnias y Patrimonio Cultural y del Instituto Hondureño de Antropología e Historia se trasladó al lugar.

Ese mismo año, un proyecto conjunto de Antropología con varias universidades de EE UU reunió a un grupo de expertos que estableció que el osario de Talgua ya se utilizaba en los rituales funerarios alrededor del año 1000 a. C., mucho antes que el asentamiento más antiguo de las Ruinas de Copán, cuya antigüedad data de los 900 años a.C.

Pero, lo más importante, descubrieron que las calaveras luminosas de Talgua pertenecen a una civilización hasta ahora desconocida en América Latina.

A 500 metros bajo tierra. Entrar a las cuevas de Talgua es sumergirse en un inframundo, como así las llamaban los antiguos indígenas. En realidad, uno siente que está en otro espacio, apenas iluminado con la luz de unos focos colocados por el instituto de Antropología. Si no, "no nos veríamos ni la palma de la mano" dice Ramón, el amable guía turístico que nos acompaña en nuestro recorrido.

Un angosto puente de metal nos conduce en el trayecto hacia el corazón de la cueva Principal, una de las cuatro que hay en Talgua y la más explorada por los científicos. Las otras cuevas, Araña, Pinabete y Grande, fueron saqueadas y deterioradas por extraños, perdiéndose toda información posible.

El olor de un repelente impregna el ambiente. Unos turistas pasean en el lugar, pero no hay insecto que temer. Los únicos habitantes son un murciélago que duerme, varios grillos y cazapulgas, algunos gusanitos de tela y unas termitas.

Una corriente de agua subterránea provee el oxígeno, a la vez que va erosionando y formando nuevas cavidades en la cueva. Ni un tan solo rayo solar logra filtrarse.

A medida vamos avanzando, nos maravillamos con el brillo y las formas prodigiosas de las estalactitas y las estalagmitas.

Un centímetro de estalactita se forma entre 50 y 100 años, nos dice Ramón mientras señala grandes cortinas de más de dos metros con esa formación rocosa tan brillante como la escarcha.

Casi a mitad de camino llegamos al espacio denominado "camino hacia el árbol del niño", que es una cueva en cuyo interior hay una roca que simula esas formas. A esa altura la ruta se bifurca y Ramón nos cuenta que uno de los túneles va a dar a la entrada del parque, mientras que al otro no se le ha encontrado fin.

Después llegamos a "la catedral", llamada así porque los antepasados la usaban como un lugar sagrado donde preparaban los huesos para depositarlos en el interior de la cueva.

El techo elevado y la estalactita y estalagmita semejan en verdad un templo.

Mientras caminamos, notamos que por ratos el sonido del agua se hace más fuerte. Nuestro guía nos explica que hay una cascada "atrapada" entre las rocas, no se puede ver, pero sí escuchar la fuerza de su caída.

En otro sector de la cueva, llamado "la funeraria", Ramón nos enseña otra cueva a la que han explorado durante más de dos horas sin hallar salida. Por fortuna, nadie se ha perdido jamás y la cueva nunca ha sufrido la más leve fisura a causa de un temblor.

Llegamos por fin a la cámara ritual o cementerio. Ahí, unas gradas conducen al lugar de reposo de las osamentas, resguardadas por un portón con dos candados.

Estamos a 500 metros bajo tierra, desconectados por completo con el mundo exterior.

Los huesos hallados en Talgua hace diez años habían sido enterrados bajo tierra y desenterrados cuando la carne se había consumido para colocarlos en una parte oculta de la cueva. Los restos eran de personas de linaje, cuyos huesos apilados fueron guardados en unas bolsas, bajo la creencia de que así no volverían al mundo de los vivos.

Cuando salimos de la cueva, casi dos horas después, las últimas gotas de una tormenta se deslizaban suavemente sobre las hojas de los árboles. La cueva nos había servido de guarida ante la lluvia y ni siquiera nos dimos cuenta mientras estuvimos en su interior.

Buscando respuestas. Aunque hasta la fecha se ignora a qué grupo étnico pertenecen los huesos de Talgua, los científicos creen que se trata de pech, tawahca, lentas o tolupanes.

Sin embargo, dos detalles desconciertan. Los análisis de los entre 100 y 200 cadáveres hallados dentro de la cueva demostraron que esas personas no consumían maíz, presumiéndose que se alimentaban de raíces como la yuca.

El maíz ha sido la base alimenticia por excelencia entre los grupos prehispánicos, y el de Talgua es el primer caso excepcional que se descubre en Honduras.

Además, dice el antropólogo James Brady de la Universidad George Washington, los huesos de la cueva de Talgua indican que se trataba de gente excepcionalmente alta, de 1.79 metros, y más sana que las poblaciones siguientes. ¿Qué indígenas no comen maíz y miden casi un metro ochenta?

El extenso departamento de Olancho está situado sobre la frontera entre las dos grandes zonas de la cultura americana: la mesoamericana y la andina. Ahí confluye la herencia lingüística, arqueológica y antropológica heredada por esos grupos étnicos. Sin embargo, el patrón hallado en el osario de Talgua no corresponde a ninguno de ellos. De hecho, los antropólogos no conocen de ningún asentamiento con el patrón de las osamentas halladas en Talgua.

Buscando respuestas, los investigadores hallaron a 20 kilómetros debajo de la cueva 39 sitios arqueológicos, pero ninguno de ellos era contemporáneo a las osamentas.

¿De dónde venían entonces, quiénes eran?

Una de las teorías de los científicos es que si las aldeas donde vivieron los contemporáneos de las cuevas de Talgua estaban a orilla del río, pudieron haber sido enterradas o arrastradas lejos por la furia ocasional del río.

"Esto fue demostrado dramáticamente por las secciones enormes del banco del río que fueron arrancadas durante el huracán Mitch", escribió Brady.

Las ofrendas de jade, obsidiana y cerámica halladas junto a los huesos de la cueva hace suponer que tenían un comercio extenso con otros indígenas de la costa y de Guatemala.

Pero en ninguna otra zona del contiene se han descubierto unos restos con esas características.

Los científicos dicen que quienes enterraron los huesos de Talgua, hace tres mil años, buscaron la parte más recóndita de la cueva para que sus seres amados descansaran en paz.

El oscuro laberinto de las cuevas de Talgua, finalmente descifrado por el hombre, no pudo preservar ese sueño eterno y yacen expuestas a la curiosidad del hombre.

Sin embargo, su procedencia sigue siendo un verdadero misterio.

Yuscarán, un reducto colonial en el olvido

Colonial/ Una iglesia del siglo XVIII, casas con más de 150 años de historia y todo el esplendor de la arquitectura colonial forman parte del Patrimonio Nacional que hay en Yuscarán.

Yuscarán. A 66 kilómetros de Tegucigalpa, donde la identidad se diluye en edificaciones modernas, este pueblo de arquitectura colonial retrotrae al visitante al esplendor de una época que no volverá.

En Yuscarán todavía hay documentos que datan de los años de 1800. Esto pese a que durante las constantes revoluciones federales era paso obligado de Nicaragua a Tegucigalpa. En cada viaje, los rebeldes pasaban destruyendo lo que estuviera a su paso. Tal relajo era aprovechado por algún habitante vengativo o que al tener alguna deuda pendiente con la justicia prendía fuego al archivo donde estuvieran los documentos de su proceso.

Sin embargo, la riqueza histórica de este lugar se revela de inmediato ante los ojos de quienes lo visitan.

Imponentes casas de adobe con amplios corredores y grandes ventanales se levantan señoriales entre calles empedradas y angostas.

El blanco de las paredes contrasta con las grandes columnas de madera erigidas en la parte frontal, mientras que los característicos balcones trasladan la imaginación a una dulce serenata o al asomo furtivo de una dama de la época cubierta con su pañolón.

De fondo, el verdor de la reserva biológica del cerro Montserrat da color al paisaje y recuerda el pasado minero bajo el que se erigió la opulencia de su arquitectura, declarada Patrimonio Nacional en 1979.

Esplendor y miseria. En el centro de Yuscarán, en una antigua hacienda, vive Rafaela Salgado, a quien todos llaman doña "Lita", dueña de un comedor.

La casa data de 1840 y fue propiedad de la familia Fortín, liderada por Daniel Fortín, una de las más poderosas en la historia del lugar al igual que los Córdova. Ambas, de origen español.

La hacienda tiene un amplio patio en el primer piso, donde antes eran las caballerizas.

En sus salones, capaces de albergar hasta 400 personas, los Fortín ofrecían grandes bailes a otras importantes familias del lugar.

"Aquí se dice que la gente de Yuscarán iba a Europa y ahí copiaba lo que miraba", cuenta doña Lita.

Daniel Fortín, de hecho, podía darse esos lujos y más. Era parte de la oligarquía local, propietario de amplias casas en el centro de la ciudad y de grandes haciendas dentro y fuera de la jurisdicción, ganadero y comerciante.

Además, era uno de los dueños de las más importantes vetas de Yuscarán, según la historiadora Leticia de Oyuela en su libro Esplendor y miseria de la minería en Honduras .

En 1880, Daniel Fortín en sociedad con el norteamericano Thomas Lombard estableció The Paraíso Reduction Company, una minera que al igual que las otras existentes en el lugar era concesionaria de vastas extensiones de tierra, con derecho a uso de madera, agua y subsuelo.

Pero la explotación minera era afectada por la escasez de mano de obra, al grado que se llegó a pedir el envío de trabajadores a Nicaragua.

Hacia 1884, la municipalidad, cuyas funciones eran civiles y militares, imponía multas por juego, vagancia, portación de armas, ebriedad, palabras obcenas.y abandono del trabajo. Esto, para obligar a los campesinos a trabajar al servicio de la clase dominante local y de las compañías extranjeras.

No obstante, la sociedad minera de los Fortín sólo les trajo desventajas, debido, en parte, a que en esa época se pensaba más como comerciante que como industrial, escribe Leticia de Oyuela.

Los Fortín perdieron el interés por el trabajo minero, pero se mantenían cerca de las ciudades, centros del poder político.

Se dedicaron a negocios de exportación e importación, siendo socios del mejor almacén de Tegucigalpa: "El Globo de Oro", que competía con las nuevas tiendas de los alemanes, los franceses y de la familia Ugarte.

Una tesis sobre Yuscarán, en 1980, de un grupo de estudiantes que optaban al título de Bachiller Universitario en Historia, señala en sus conclusiones que el enclave minero no dejó nada más que leyendas acerca de las riquezas existentes en el lugar. El período de prosperidad fue muy efímero y estuvo marcado por un medio señorial de la existencia, que incluía una vida llena de lujos, viajes y de grandes fiestas con ocasión de bodas, bautismos y otra suerte de celebraciones.

La importación de artículos suntuarios como pañolones, sombreros de junco, telas (géneros) y el pago en marcos y onzas de plata llevaron a la descapitalización al lugar, un excedente económico que hubiera servido para su desarrollo.

Plagas y política. Entre 1907 y 1915 una plaga de langosta se sumó a la sequía que sufría el país. En Yuscarán, todo varón de 18 a 60 años debía recoger una arroba de langosta por la que se le debía pagar un peso, pero de no hacerlo se le multaría con cinco pesos.

En plena decadencia económica, la municipalidad fue obligada a invertir en el ornato para enmascarar la pobreza, previo a una visita del presidente Policarpo Bonilla. En el siglo XIX, la migración ya es notoria.

Hacia 1910 y con el fin de levantar el comercio, Yuscarán estableció un tratado de libre comercio con El Salvador, sobre productos manufacturados salvadoreños y granos básicos hondureños. El proyecto en sí era difícil, ya que no era gran productor de granos y más bien los importaba.

Un incidente penoso en la historia política del lugar fue el del comerciante y Gobernador Político Mónico Córdova, quien "hereda" el cargo a su hijo del mismo nombre, ocho años después de iniciado el proceso de Reforma Liberal.

En los 90, se exigía fianza para optar a los cargos públicos, lo que alejó más del poder a los desposeídos.

Monumentos de historia. Alrededor del parque, en el centro de Yuscarán, está la Municipalidad y Gobernación Política. También la iglesia parroquial, que ya se mencionaba en 1789. Pese a que es una iglesia pequeña y sencilla, el mobiliario y joyería aún existentes son reminiscencias de una época próspera. En su interior está el Jesús Nazareno, obsequiado hace 200 años. En 1861, el templo se incendió, perdiéndose imágenes valiosas, entre ellas la de San Miguel, traído en 1805.

Pero, quizá, el lugar que mejor refleja el esplendor que hubo en Yuscarán hace dos siglos es la casa de Daniel Fortín, erigida en 1850. Se trata de una construcción típica colonial que impresiona por su amplitud. Los Fortín atendían su comercio en la primera planta y vivían en los aposentos de la segunda. La casa está entre las veinte consideras de especial valor histórico-arquitectónico, fue donada al Estado en 1982 por sus herederos. No obstante, fue abandonada durante décadas y saqueado todo lo que había en su interior.

La actual alcaldía ha sido acusada de incumplir en varias maneras la Ley de Patrimonio Nacional. Primero, al permitir que a la destilería El Buen Gusto, donde se produce el aguardiente Yuscarán desde 1935, se le cambiara la teja y modificara su estructura original en pleno casco histórico. Frente a ella, ha sido abierto un zanjo donde se pretende colocar una tubería. Para colmo, algunos vecinos han tirado cemento sobre las calles empedradas, afeando y restando valor a la arquitectura original.

Otro caso lamentable de desidia y negligencia lo constituye el antiguo cuartel general, una construcción de 1904 que, literalmente, se está cayendo.

Aunque Yuscarán guarda un gran potencial turístico por su innegable valor histórico, parece haberse difuminado en las mentes de las autoridades de Antropología e Historia.

Desde su declaración como Patrimonio Nacional hace 25 años, la protección y cuidados que por Ley merece han sido tan efímeros como el esplendor bajo el que se edificó este reducto de la colonia en Honduras.

Los tolupanes, impasibles frente al tiempo

Los indios tolupanes en la montaña La Flor no creen en el Gobierno ni en sus mismos representantes. ¿A qué vienen? preguntan a los visitantes, o si no, se esconden en el monte ante la presencia de extraños

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E scondidas en el monte, la distancia y el olvido sobreviven en lo alto de la montaña La Flor unas 18 familias tolupanes en las que el tiempo no ha dejado huella.

Llegar hasta ellos resulta tan difícil como aprender su lengua, el tol.

Una valla de madera impide el paso vehicular hacia la montaña. Varios metros adelante el camino pierde forma y la marcha es a pie y cuesta arriba.

Atrás, en las faldas de la montaña, quedan los ladinos, mestizos que conviven con tolupanes, conocidos como xicaques. El trato es amable y comunicativo. Arriba la historia es otra.

En hora y media de camino se puede ver (y sentir) la maleza que llega arriba de la cintura. Los pinos, cedros, robles y encinos que todavía quedan dan fe de una agonizante riqueza forestal. Y las áreas cultivables que los tolupanes suelen dar a mestizos a cambio de que las siembren reafirman la fama de gente haragana que tienen desde siglos atrás. El que cultiva, se queda con una cuarta parte de la cosecha. El tolupán sólo espera recoger los frutos.

A mitad de la montaña, nos encontramos a una joven maestra ladina dando clases, mientras en el resto del país sus colegas cumplen más de un mes de protestas.

Mirta Jacqueline Montes tiene cuatro meses de no recibir paga, pero no les falla a sus ocho alumnas que cursan del primero al sexto grado.

Los proyectos perdidos. Gertrudis Bustillo Martínez, un ladino aficionado al fútbol, nos acompaña en nuestro recorrido.

Él preside la Asociación de Comunidades Tolupanes que agrupa a las cinco tribus de la montaña La Flor. Estas son San Juan, La Lima, Lavanderos, La Ceibita y Guaruma.

Tienen personería jurídica y se organizaron hace año y medio para negociar sin intermediarios ayuda para sus integrantes.

Nos contó que han perdido dos proyectos que ya habían sido aprobados por el Gobierno. Uno de ellos, de $45, 000, iba dirigido a las cajas rurales. El Gobierno y la Federación de Tribus Xicaques de Yoro (Fetrixy) firmaron el convenio. Los toles de La Flor no fueron beneficiados porque la Fetrixy nunca pagó los 150 mil lempiras iniciales que recibió como parte del programa. "Ellos (la Fetrixi) sacan los fondos a nombre de la montaña La Flor y (aquí) no llega nada", criticó.

El otro proyecto, de 663, 000 lempiras, iba dirigido al mejoramiento de las viviendas, para dejarlas libres del mal de chagas. "Cuando fuimos a reclamar nos dijeron que los documentos (ya firmados) se habían perdido en el cambio de gobierno (Flores-Maduro)".

En las casas de los ladinos se puede constatar que ha habido mejoras. Los techos no son de manaca, sino que de teja. Las paredes lucen blancas y limpias, pero el suelo sigue siendo de tierra.

Esas mejoras, Gertrudis las atribuye al Ministerio de Salud. No obstante, la chinche picuda ha vuelto a las moradas: "ya hemos capturado varias".

"No me dijo ni adiós". En lo alto de la montaña buscamos al cacique de la tribu La Ceibita, Julio Soto.

Poco antes de llegar, avizoramos a dos mujeres toles que limpiaban la tierra para cultivar. Con ellas está un niño.

Después de cruzar unos matorrales, el fotógrafo intenta unas tomas, pero la reacción de las mujeres es agresiva. "No queremos medicinas, tenemos quien nos haga medicinas" nos dice una de ellas sin permitir explicar. El niño, por cierto, desapareció.

Poco después supimos por Gertrudis que era la mujer del cacique Julio. Cuando llegamos a su casa no había nadie. Tampoco se ven más casas. Los tolupanes construyen sus viviendas bastante distantes una de la otra.

Casi con sorpresa oímos a Gertrudis hablar con voz suave. Primero, imaginamos que está recitando algún verso tul o invocando alguna deidad. Pero luego, tras señalar con el dedo, nos damos cuenta que habla con un tolupán.

Lo sorprendente es que, pese a la distancia, se escuchan sin gritarse. A los minutos, se acerca a nosotros Manuel Martínez. Por él supimos que varios niños y un adulto toles habían corrido a esconderse en la montaña al percatarse de nuestra llegada.

Martínez es un indígena de rasgos puros. No conoció a sus padres y no sabe cuántos años tiene. Anda descalzo y viste una camiseta con la leyenda "Life" en la espalda. Al igual que su short, está sucia, raída y gastada por el uso. Tampoco quería que lo fotografiaran.

Siembra maíz y frijoles para el autoconsumo, pero a estas alturas, al ver que la producción resulta insuficiente para suplir las necesidades en el resto del año, los tiempos de comida empiezan a reducirse.

"Así es siempre", dice Gertrudis. Recordó que representantes del Proyecto Nacional de Desarrollo Rural (Pronadel) les dijeron a líderes tolupanes que llevaran una solicitud de apoyo y, aunque así lo hicieron, la ayuda nunca llegó.

En el camino de regreso va con nosotros Manuel, a quien Gertrudis ofreció un tabaco que iba a comprar donde los ladinos.

Pero los xicaques no beben. Un documento del año 1813 atestigua: "Tienen estos indios la bondad de no embriagarse, pues no usan licor fermentado."

Por siglos, los xicaques han vivido como nómadas. Fue refugiándose en las montañas como pudieron evadir la conquista española y la evangelización católica, hasta la llegada del padre Manuel de Jesús Subirana en el siglo XIX.

En su libro "Los hijos de la muerte" la antropóloga Anne Chapman refiere que eran indomables. El término xicaque significaba eso: indio, salvaje, caníbal. Luego, la definición, que cambió a tolupán o torrupán, aludía al hecho de que no habían sido conquistados.

Sus antepasados vinieron a Centroamérica hace cinco mil años, mucho antes que los mayas.

El aislamiento de los tolupanes no sólo es por causa de la timidez, sino para alejarse de las enfermedades contagiosas traídas por personas de afuera.

Chapman, revela en sus escritos que las tribus tolupanes han sido devastadas por epidemias. Una de ellas, con síntomas parecidos al dengue hemorrágico, acabó con familias enteras.

La mortalidad infantil también es alta. De cada diez niños, seis mueren antes de cumplir el año y medio. El día que llegamos una bebé había nacido muerta.

"Por quitarnos la tierra nos matan". En las laderas de la montaña La Flor se encuentra la tribu de San Juan. Sus integrantes son ladinos mezclados con toles. Su cacique, por más de ocho décadas, ha sido Cipriano Martínez, un tolupán que supera los cien años.

Cipriano ha sufrido la muerte de catorce miembros de su familia por el problema de la tierra. En 1929, el presidente Miguel Paz Barahona concede el título de tierra a los tolupanes de La Montaña de La Flor, mediante el cual son usufructuarios hasta la fecha de 3, 200 hectáreas.

Pero los invasores dicen que son tierras del gobierno. Para colmo, también les han robado ganado y hasta gallinas, dice Cipriano.

Sentado en su manaca, el cacique muestra su codo derecho dislocado. Un vehículo lo atropelló junto a otros tolupanes. "Yo no he podido trabajar", dice. En la cocina, su mujer de 33 años prepara la comida. Ella y sus hijos pequeños evaden el flash del fotógrafo.

La antropóloga Anne Chapman (Los hijos de la muerte) asegura en su libro que los tolupanes de La Flor vivieron aislados durante cien años.

Para su mala fortuna, han sido invadidos por terratenientes asesinos que explotan sus bosques y tierras, y por políticos demagogos que los visitan cuando van fotógrafos.

Pese a su pobreza, el porcentaje de migración es de cero. Ninguno ha buscado el sueño americano. Ni el de la capital.

Su arraigo con la tierra en la que viven y por la que han muerto sigue tan estrecho como hace más de 500 años, cuando empezó la invasión a la que no han sucumbido, pero de la que tampoco han podido escapar.

PUBLICADOS EN: La Prensa (laprensahn.com), Tiempos del Mundo, El Heraldo (elheraldo.hn) Honduras literaria (hondurasliteraria.org)

DISPONIBILIDAD: Trabajos por encargo.

PROPUESTAS: Puedo hacer reportajes de tipo histórico, turístico (Copán, Islas de la Bahía, Tela, etc.), enigmáticos (Honduras y Centroamérica en general tienen muchas leyendas y enigmas), político, humanos, ficción, etc.

FOTOS: Sí puedo hacer reportajes con fotos, previo acuerdo.

IDIOMA: Español.

CONTACTO: acarcamo@elheraldo.hn


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